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Recordando a Armando Uribe Arce

Alejandro Lavquén y Armando Uribe Arce
Foto: Luis Arnez

Transeúnte del Barrio Lastarria y Santiago Centro. Fumador empedernido hasta el año 2008 tras ser diagnosticado con una insuficiencia respiratoria. Católico de tono “aristócrata”, conservador y de izquierda revolucionaria popular. El año 2004 recibió el Premio Nacional de Literatura. Armando Uribe, además de poesía, escribió sobre Derecho Penal, minería, religión y política.
 
Para conversar sobre la obtención del premio, literatura y actualidad política, le concedió una entrevista a nuestro editor Alejandro Lavquén que fue publicada en revista Punto Final en su edición N° 576  del 16 de septiembre de 2004. Acá un extracto de ella.

“Considero que escribir poesía tiene que ser una actividad gratuita. No para obtener éxitos económicos. Yo la poesía que he hecho la considero completamente ad honorem”.

¿Qué significado le da usted a recibir el Premio Nacional?
R: Le confieso que el fondo-fondo, que es un fondo de orgullo y soberbia, la verdad es que no creo que tenga tanta importancia como la que se le da en Chile. Y a la vez apruebo que se le dé importancia porque lo literario, la poesía, las actividades desinteresadas de los seres humanos, merecen que haya atención, y yo noto, a raíz de este premio, que hay mucha atención. Lo noto por la cantidad de periodistas y fotógrafos que me visitan, y estoy muy agradecido de eso. Porque, claro, esto también satisface las vanidades que uno tiene, y que no puede dejar de tener. Por otro lado, me siento orgulloso de estar en una fila de personas que han recibido este premio, como Joaquín Edwards Bello, Pablo Neruda, y más tarde otros escritores con los cuales tuve amistad siendo yo menor: José Santos González Vera, Manuel Rojas, etcétera. Me siento muy honrado.

¿Por qué piensa que el premio no debería contemplar una retribución monetaria?
R: Me da vergüenza tocar el punto porque de nuevo aparece la vanidad personal. Tengo que hablar de mi situación práctica en la vida. Estoy jubilado desde el año 1998. Cuando volví a Chile no tuve trabajo desde 1990 en adelante, lo que hice fue todo ad honorem. En 1998 jubilé con 25 años de profesor, de los cuales los últimos diez fueron como profesor titular de la Sorbone. Vivimos en esta casa con mis dos hijas y tres nietos de forma que yo me atrevo a decir que es austera, pero que es privilegiada si uno la compara con la situación del pueblo chileno. Sobre todo, con la extrema pobreza y la indigencia, que son cosas que se me hacen insoportable que existan en Chile. Por lo tanto, en mi caso personal, yo no necesitaba una erogación por ley de una cantidad de millones, que para un indigente serían estratoféricos, y una suma mensual que es de muchos sueldos mínimos. Eso me da cierta vergüenza recibir esto, porque uno ha escrito versos en la vida…, que le repito: Considero que escribir poesía tiene que ser una actividad gratuita. No para obtener éxitos económicos. Yo la poesía que he hecho la considero completamente ad honorem.

La muerte y el amor

Entre “Transeúnte pálido”, su primer libro y “Las críticas en crisis” (Lom Ediciones), recién aparecido, han pasado cincuenta años. ¿Cuáles diría usted que son las diferencias y cercanías entre estas dos obras?
R: Me sorprende, mirando retrospectivamente, ver hasta qué punto he repetido mi interés en los mismos asuntos. La muerte desde el comienzo, incluso desde los catorce años, que fue cuando escribí mi primera poesía. Ese asunto me interesó desde que advertí que uno se moría. ¡Aunque uno quiera, no es eterno! Entonces he repetido eso desde el comienzo hasta el final en términos que no son tan diferentes, salvo que tal vez, sin darme cuenta, he tratado de profundizar más.

De hecho, uno de sus últimos libros se titula “De muerte”.
R: Justamente, eso lo demuestra. También me he ocupado del amor. Entendiendo el amor como enamoramiento. Lo que Freud llamó una sicosis transitoria. ¡El amor que se conserva toda la vida con la persona que uno se ha casado para toda la vida! En mi caso ella murió hace casi tres años y yo he conservado ese amor y aún el enamoramiento respecto de quien fue mi mujer durante cuarenta y cuatro años. Porque cuando murió me volví a enamorar, literalmente, igual que cuando tenía veinte años, y eso se ha mantenido hasta hoy. ¿Por qué me ocurre? Me ocurrió así no más, no es mérito mío.

Otra constante en su poesía es la rabia. Uno de sus poemarios se titula “Rabio como rabio, odio lo que odio”. ¿Es la rabia un derecho del ser humano, una manera de disentir quizá?
R: Toda la vida los seres humanos tenemos rabietas. Pero yo trato de que mis rabias tengan argumentos que justifiquen que uno se indigne. La indignación es una actitud de rechazo que uno toma de lo que le parece injusto. En mi caso, siempre he tratado de que sea con argumentos. Es cierto que en los versos también la hay, aunque en la poesía hay menos razonamiento, lógica. Pero están más o menos visibles los motivos que lo llevan a uno a actitudes de indignación. Es un derecho del ser humano, que muchas veces, por malentender las virtudes y los vicios se cree que el demostrar con palabras y expresiones la indignación que uno siente se toma como vicio. Además, se sabe sicológicamente que quienes reprimen esos movimientos que vienen del inconsciente, que cuando llegan a la conciencia pasan a justificarse con motivos, con razón, le reaparecen en su conducta de manera mucho peores que el expresarlo verbalmente y por escrito. Por ejemplo, la venganza, que es distinta de la indignación y muchas veces se manifiesta en una agresión física.

¿Cómo ve hoy a la clase política?
R: Hay una decadencia cultural, sicológica y humana espantosa, en los sectores que se llaman así mismos “clase política”. El Senado, la Cámara de Diputados, las presidencias, en los últimos treinta años, la colectividad de personas que gobiernan en Chile, entre las cuales están también las oposiciones, porque tienen acuerdos con los grupos que gobiernan, y todo el empresariado y algunas instituciones, son de menor calidad personal de los que había en Chile hace cincuenta años, cien años y ciento cincuenta años. Son muy inferiores desde el punto de vista humano, intelectual y emocional quienes mandan en hoy Chile. Aunque –en honor a la verdad- los de aquellos años, en su mayoría, no eran ninguna maravilla, así que imagínese.

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